miércoles, 30 de septiembre de 2020

POEMA: "ROMANCE DEL SEÑOR TITIRITERO" DE JAVIER VILLAFAÑE

POEMA: "ROMANCE DEL SEÑOR TITIRITERO"

CANTANTE COCO ROMERO





¡Pero qué elegancia lleva
el señor titiritero!
Una casaca de pana,
pantalón marinero,
botines de doble suela
y un gorro color de cielo.

¡Ah! Mírenlo cuando habla
y tiende la mano al pecho
y le hace sombra en la frente
un puñado de cabellos.




Muy bien pudiera pasar
por un señor de otros tiempos
–España de los Hidalgos
y carabelas al viento–
y decir si se le antoja:
–Dejé a treinta moros muertos...
O: –Una vez por una dama...
O: –Ayer salí de un convento...
Y nadie puede dudarlo,
todo lo que él dice es cierto.
¡Esa casaca de pana
y ese gorro color cielo!




Villafañe, Javier. “El poeta de la Andariega”
Prólogo de Mempo Giardinelli
Ilustrado por María Wernicke
Dirección de Cultura y Educación, Provincia de Buenos Aires.
Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba)

martes, 29 de septiembre de 2020

COPLAS Y MÁS COPLAS. RECOPILACIÓN DE OLGA DRENNEN

 

SEÑORA, ¡QUÉ SE LE QUEMA
LA COMIDA, SEÑORA,
QUE SE LE QUEMA,
QUE SE LE ABRASA,
 QUE SE LE QUEMA 
LA CALABAZA!

SEÑORA, ¡ QUE SE LE QUEMA,
QUE SE LE ABRASA,
QUE SE LE QUEMA
TODA LA CASA!





LOS  GATOS DE MI CASA 
SON CAZADORES:
A LA ORILLA DEL FUEGO
CAZAN RATONES.







EN LA FALDA DE AQUEL CERRO,
SE HA DESPEÑADO UNA HORMIGA.
SI NO ME CREEN,SEÑORES,
LES TRAIGO AQUÍ UNA COSTILLA.




LLEGÓ LA HORA DEL CANTO
LA COPLA DE DESPEDIDA:
UN BESO AL QUE ME RECUERDA
Y OTRO BESO AL QUE ME OLVIDA.

COPLAS POPULARES.

lunes, 28 de septiembre de 2020

28 DE SEPTIEMBRE: "DÍA DEL DIRECTOR DE ESCUELAS"

 ¡ FELIZ DÍA SILVIA Y NORA!





Hoy 28 de septiembre se festeja en Argentina el Día del Director.
“Gestionar una institución, es buscar objetivos junto al personal que toca guiar y dirigir, es articular las actividades laborales de un grupo humano para alcanzar esos objetivos, es valorar la interacción, la colaboración y la solidaridad, es valorar la negociación para enfrentar los conflictos. Con estas responsabilidades asumidas desde el primer momento, se disfruta de la escuela, se minimizan los inconvenientes y se gestiona una organización escolar grande, abierta, interactuando con la sociedad con quien se ha vinculado mediante un contrato pedagógico.” FELIZ DIA PARA TODOS!





viernes, 25 de septiembre de 2020

lunes, 21 de septiembre de 2020

INVITACIÓN DE FUNDACIÓN LEER

 ¿Ya viste todo lo que va a pasar este viernes? ¡Tenés una cita con tus escritores e ilustradores preferidos! Todos juntos en un mismo lugar. ¡Anotate ahora con tu institución o con tu familia, y celebremos juntos la Maratón Nacional de Lectura!

 https://maraton.leer.org/
#MeSumoALeer














21 DE SEPTIEMBRE: "BIENVENIDA PRIMAVERA"

 


PRIMAVERA

Doña Primavera
viste que es primor,
viste en limonero
y en naranjo en flor.
Lleva por sandalias
unas anchas hojas,
y por caravanas
unas fucsias rojas.
Salid a encontrarla
por esos caminos.
¡Va loca de soles
y loca de trinos!
Doña Primavera
de aliento fecundo,
se ríe de todas
las penas del mundo...
No cree al que le hable
de las vidas ruines.
¿Cómo va a toparlas
entre los jazmines?
¿Cómo va a encontralas
junto de las fuentes
de espejos dorados
y cantos ardientes?
De la tierra enferma
en las pardas grietas,
enciende rosales
de rojas piruetas.
Pone sus encajes,
prende sus verduras,
en la piedra triste
de las sepulturas...
Doña Primavera
de manos gloriosas,
haz que por la vida
derramemos rosas:
Rosas de alegría,
rosas de perdón,
rosas de cariño,
y de exultación.


Gabriela Mistral


miércoles, 16 de septiembre de 2020

CUENTO: "SUEÑOS DE DRAGÓN" DE GUSTAVO ROLDÁN



A los dragones les gusta soñar. Les gusta porque sueñan cosas hermosas. Los sueños de los dragones no son como los otros sueños, un humo que se va. Son sueños que van tomando forma hasta que se los mira y se los ve de cuerpo entero.

Si un dragón sueña con un árbol enorme, lleno de flores, cuando se despierta encuentra a su lado un lapacho, un ceibo o un jacarandá.

Si sueña con mariposas, apenas abre los ojos ve un mundo de mariposas con alas doradas, con alas azules, con alas de todos los colores revoloteando por el monte.

¿Cómo, si no fuera por los sueños de un dragón, podríamos entender que de repente aparezcan millares de golondrinas en el cielo? ¿Cómo podríamos explicarnos que de un día para otro el campo se llene de flores rojas? ¿Cómo podríamos entender que de la nada salga un arco iris? ¿De dónde aparece un sol radiante en medio de la lluvia?

Solo se explica por el sueño de un dragón.

Y los dragones quedan contentos con sus sueños, porque saben que producen cosas hermosas.

Una vez un dragón tuvo una pesadilla. Soñó con una espantosa serpiente de siete cabezas, horriblemente perversa, que quería destruir el mundo entero.

—¡Odio las flores! —dijo una de las siete bocas.

—¡Odio los pájaros! —dijo otra mostrando los colmillos repletos de veneno.

—¡Odio los monos! —dijo una tercera cabeza.

—¡Los mataremos a todos! —dijo otra.

—¡Los mataremos y los comeremos! —rugió la quinta.

—¡A los monos y a todos los animales del mundo!

—¡Y los comeremos y los comeremos y los comeremos! —dijo la séptima.

Entonces se despertó el dragón y alcanzó a ver las siete cabezas que se perdían a la distancia buscando monos y pájaros y flores y a todos los animales del mundo para matarlos y comerlos.

—¡Qué hice! —se asustó el dragón.

Pero no había tiempo para lamentos, y corrió por el sendero marcado por la serpiente donde no quedaban ni rastros de flores ni de animales. El dragón voló y pasó por arriba de la serpiente y bajó cortándole el camino.

—¡Qué lindo dragón! —dijo una cabeza.

—¡Lo mejor para comenzar a comer! —dijo la segunda.

La tercera no habló. Ya había estirado su cuello con la velocidad de una centella hacia el cuerpo del dragón. Fue un movimiento casi invisible por la rapidez, pero el dragón, que sabía con quién había soñado, ya no estaba en ese lugar.

—¡Así me gusta! —dijo otra cabeza.

—¡Qué bien que pelea!

—¡Así nos podemos divertir!

—¡Sólo matar y comer es aburrido!

—¡Lo mejor es pelear!

—¡Pelear y matar y comer!

Y la serpiente atacó largando mordiscones para un lado y para el otro.

El dragón se las veía negras tratando de golpear con sus poderosas garras alguna de esas cabezas que nunca estaban en el lugar donde llegaba el golpe. Apenas logró en un momento rozar a la serpiente con las garras y sacarle una escama del cuerpo. Apenas una escama que voló y cayó a lo lejos.

Entonces probó con el fuego. Nada en el mundo podía resistir el fuego de un dragón. Dio un paso para atrás, resopló, y largó la llamarada roja más grande que nunca hubiera largado un dragón.

Un fuego espantoso, largo, oscuro, que recorrió todo el espacio donde estaba la serpiente. Ardieron los árboles de alrededor y la tierra despidió un humo espeso, enrojecida por el calor.

El dragón miró el humo que comenzaba a borrarse, buscando los restos de la serpiente, y se distrajo. Cuando se dio cuenta del tremendo salto de la serpiente, ya estaba envuelto en sus poderosos anillos. Las siete cabezas gritaban y reían y giraban enloquecidas.

—¡Dragón estúpido! ¿No sabías que no hay nada que nos guste más que el fuego?

—¡El fuego nos entusiasma como ninguna otra cosa!

El dragón tiraba tremendos golpes, pero las cabezas siempre estaban en otro lugar, y los anillos de la serpiente apretaban cada vez más. Entonces el dragón voló, voló hasta muy arriba, cerca de las estrellas, donde el frío es como el espanto y todo se convierte en un hielo de muerte que sólo aguantan los dragones.

—¡Eso, un poco más alto! Después del fuego no hay nada que nos guste más que el frío —gritaron las siete cabezas.

Entonces el dragón bajó, bajó como una flecha, se zambulló en el medio del río, en esa zona profunda donde no llegan ni los peces. Así ahogaría a la serpiente.

—¡Eso, eso! —gritaron las siete cabezas—. Nada nos gusta más que estar bajo el agua. Pero después queremos otro poco de fuego.

La serpiente seguía enroscada en el dragón.

Siete días y siete noches volaron, lucharon, cayeron, nadaron, subieron, bajaron, siempre como un solo cuerpo. Sin descansar. Al final, en un descuido de la serpiente, el dragón logró escapar de sus anillos. Pero ya no sabía qué hacer.

Había probado todas sus argucias y había usado toda su fuerza de dragón, pero la serpiente parecía invencible.

—¡Nos estamos divirtiendo como nunca! —gritaron las siete cabezas.

—¡Jamás nos había pasado algo tan hermoso! ¡Te queremos, dragón! ¡Que esta pelea no se acabe en mucho tiempo!

—¡Nos aburren las peleas tontas con animales tontos!

—¡Queremos pelear, pelear y pelear!

—¡Ataca de nuevo, dragón! ¡Te estamos esperando!

El dragón retrocedió un poco.

—¡Estás escapando, dragón cobarde!

El dragón pensó en volar, volar muy alto y muy lejos, y olvidarse para siempre de esa serpiente. Pero entonces ella mataría a todos los animales. No había caso. Escapar no servía. Pero si… quizás sí podría servir…

El dragón voló hacia lo alto. Subió y subió, burlándose de la serpiente, mientras las siete cabezas lo llenaban en insultos. Y llegó hasta el lugar más alto, arriba de todas las nubes y las sombras Entonces planeó en círculos. En grandes círculos, dejándose llevar por el viento.

Y allí, mientras planeaba, cerró los ojos y se durmió.

Ya sabía lo que tenía que soñar. Y soñó.

Soñó con pájaros y flores, soñó con ríos crecidos, soñó con el arco iris, y cuando en medio del sueño apareció la serpiente de siete cabezas que peleaba enloquecida de furia, se dio vuelta en el aire para borrar su sueño. Porque los sueños se borran si uno se da vuelta para el otro lado mientras está soñando.

La serpiente se borró. Se borró de golpe, sin dejar ningún rastro de serpiente.

Entonces el dragón abrió los ojos. Estaba cansado, pero voló muy rápido para volver a ver el sitio de su pelea.

El lugar estaba como antes. Como siempre. Estaban los árboles y las flores. Estaban las mariposas y los monos. Y no había rastros de la serpiente. Ningún rastro de la pelea. Apenas una escama que brillaba y no brillaba en el suelo.

Visto y leído en
http://recuperemoslamagia.blogspot.com/2009/02/sueno-de-dragongustavo-roldan.html
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/09/gustavo-roldan.html

martes, 15 de septiembre de 2020

CUENTO:" EL ASTRONAUTA DEL BARRIO" DE SILVIA SCHUJER



EL ASTRONAUTA DEL BARRIO


Apenas sonó el despertador, el señor Poquito Pérez saltó de la cama como un resorte. Se quedó un rato parado en el medio del cuarto, y cuando creyó estar despierto, subió la persiana.

"Va a ser un día de sol", se dijo. Porque a través de la ventana vio que el cielo estaba celeste.

Pensando en el sol, el señor Poquito Pérez se pegó una ducha fresca y se vistió con ropa liviana: un pantaloncito corto, una remera de hilo y una gorra con visera. También preparó los anteojos negros, pero no se los puso hasta la hora de salir.

Antes de afeitarse prendió la radio y escuchó un informativo. Entre noticia y noticia, el locutor le recordó a la gente que esa mañana empezaba el invierno.

"¡Pero si ya estamos en invierno!", se acordó el señor Poquito Pérez.

Así que, para no morirse de frío en la calle (a veces, aunque haya sol hace frío), además de lo que ya se había puesto, se calzó un buzo, un pañuelo de garganta, guantes y un par de medias de lana.

Después de afeitarse, el señor Poquito Pérez fue a la cocina a prepararse unos mates. Estaba desayunando cuando en eso miró la hora y recordó que no era domingo, que tenía que ir al trabajo.

"¡Qué tonto!", se dijo. "¿Cómo voy a ir a trabajar con pantaloncitos cortos?".

Volvió entonces a su habitación y así nomás -para no perder tiempo- se puso unos pantalones largos arriba de los cortitos, el saco del traje arriba del buzo (y de la remera) y un par de zapatos sobre las medias de lana.

Antes de salir a la calle, el señor Poquito Pérez volvió a mirar por la ventana y el celeste del cielo se había vuelto gris. No sólo no había una hilacha de sol, sino que las nubes, gordísimas, parecían a punto de explotar.

—Va a llover —comentó—. Lo que me faltaba.

Y para no mojarse, encima de lo que ya tenía, se puso una campera con capucha. Sobre la campera, un piloto y sobre los zapatos —para no arruinarlos— un par de botas de goma.

Un poco incómodo, el señor Poquito Pérez abrió la puerta y salió de su casa. Caminaba por la vereda tan despacio y endurecido de ropa que más de un vecino lo confundió con un astronauta. Y hasta tal punto parecía un astronauta que él mismo se convenció: cuando llegó a la parada, en vez de un colectivo, tomó una nave espacial (una que pasaba por la esquina). Y tan bien lo trataron en la nave esa mañana que, en vez de ir al trabajo, el señor Poquito Pérez, se fue derecho a la Luna.

Y lo bien que lo pasó...



FIN

✫¨´`'*°☆ ✫¨´`'*°☆

Por Silvia Schujer | Para LA NACION
Viernes 19 de agosto de 2011 | Publicado en edición impresa
http://www.lanacion.com.ar/1398681-el-astronauta-del-barrio


lunes, 14 de septiembre de 2020

CUENTO: "LA LLAVE DE JOSEFINA" DE IRIS RIVERA






LA LLAVE DE JOSEFINA



Hay gente que no tiene paciencia para leer historias.

Acá se cuenta que Josefina iba caminando y encontró una llave. Una llave sin dueño. Josefina la levantó y siguió andando.

Seis pasos más allá encontró un árbol. Con la llave abrió la puerta del árbol y entró. Vio cómo subía la savia hasta las ramas y subió con la savia.

Y llegó a una hoja y a una flor. Se asomó a la orilla de un pétalo, vio venir a una abeja y la vio aterrizar.

Con la llave, Josefina abrió la puerta de la abeja y entró.

La oyó zumbar desde adentro, conoció el sabor del néctar y el peso del polen.

Y voló hasta un panal.

Con la llave abrió la puerta del panal, abrió la puerta de una gota de miel y entró y goteó sobre la zapatilla de un hombre que juntaba la miel.

Hay gente que en esta parte ya se aburrió y prende la tele. Pero la historia dice que, con la llave, Josefina abrió la puerta del hombre y entró. Y sintió lo fuerte que quema el sol y cómo se cansa la cintura y que el agua es fresca. Y, con la mano del hombre, acarició a un perro común y silvestre.

Con la llave, Josefina abrió la puerta del perro y entró. Y les ladró a las gallinas, al gato y al cartero. Y después abrió la puerta del cartero, del gato, de las gallinas, de las limas para uñas, de las tortas de crema, de los banquitos petisos y de los grillos.

Hay gente que, a esta altura, ya se fue a tomar la leche. Pero la historia dice que, cuando estuvo segura de que esa llave abría todas las puertas, Josefina abrió la puerta de Josefina y entró.

Se sentó en el banquito petiso y, con la lima para uñas, se puso a hacer otra llave distinta a la primera, pero igual.

Después se quedó sentada en el banquito, pensando. Josefina quiere elegir a quién darle la segunda llave. Porque no es cuestión de entregársela a cualquiera.

Pero si vos todavía estás ahí, si no prendiste la tele y no te fuiste a tomar la leche... acá la tenés, tomala. Porque dice Josefina que la llave es tuya.


FIN


Cuento del libro “Sacá la lengua”
(Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 1999; colección Cuenta conmigo).



viernes, 11 de septiembre de 2020

11 DE SEPTIEMBRE DÍA DEL MAESTRO

¡¡¡FELIZ DÍA A TODOS LOS MAESTROS Y MAESTRAS, QUE TENGAN UN EXCELENTE DÍA!!!



💐¡ Hoy les recomiendo este hermoso cuento!🌈 "Virtudes Choique"

   
Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar, llegaban a caballo, en burro, en mula y en patas.

La maestra de aquella escuela se llamaba Virtudes Choique. Era una morocha mas linda que el 25 de mayo. Y me olvidaba de otra cosa: Virtudes Choique ordeñaba cuatro cabras, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones.

Los chicos no se perdían un solo día de clase. Principalmente, porque la Srta. Virtudes tenía tiempo para ellos. Además, sabía hacer mimos, y de vez en cuando jugaba al futbol con ellos.

En último lugar estaba el mate cocido con leche de cabra, que Virtudes servía cada mañana. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres:

- ¡Miren, miren... !Miren lo que me ha puesto la maestra en el cuaderno!

El padre y la madre lo miraron, y vieron unas letras coloradas. Como no sabían leer, pidieron al hijo que les leyera. Entonces Apolinario leyó:

- "Señores padres: les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno"

Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios.

Sin embargo al día siguiente otra chica llevó a su casa algo parecido.

Esta chica se llamaba Juanita Chuspas y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra:

- "Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna".

Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día Melchorcito Guaré llegó a su rancho chillando como loco de alegría:

- ¡ Mire mamita...! ¡Mire tata...! La maestra me ha puesto una felicitación de color colorado acá. Vean: "Señores padres: les informo que su hijo Melchorcito es el mejor alumno".

Así los cincuenta y seis alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: "Su hijo es el mejor alumno".

Y así hubiera quedado todo si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación. Porque, les cuento: el boticario, Don Pantaleón Minoguya, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno dijo:

- Vamos a hacer una fiesta. ¡Mi hijo es el mejor de toda la región! ¡Si! Hay que hacer un asado con baile. El hijo de Pantaleón Minoguya ha honrado a su padre, y por eso lo voy a celebra como Dios manda.

Y como sucede siempre entre la gente sencilla, nadie faltó a la fiesta. Por eso, ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario que estaba de los más adornada. Ya estaba el asador, la pava con el mate, varias fuentes con pastelitos y tres mesas puestas una al lado de la otra.

Enseguida se armó la fiesta. Mientras la Srta. Virtudes Choique cantaba una bagüala, el mate iba de mano en mano, y la carne del cordero se iba dorando.

Por fin, Don Pantaleón, el boticario, dió unas palmadas y pidió silencio. Todos prestaron atención. Seguramente iba a comunicar una noticia importante ya que el convite era un festejo.

Don Pantaleón tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió. Después hizo "ejem, ejem" y sacando un papelito leyó el siguiente discurso:

- "Señoras y Señores, vecinos, niños ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo, mi muchacho, acaba de ser nombrado por la maestra, Doña Virtudes Choique, el mejor alumno. Así es. Nada mas ni nada menos."

El hijo del boticario se acercó al padre y le dió un vaso de vino. Entonces el boticario levantó el vaso y continuó:

- "Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido y a su país. He dicho".

Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros bastante serios. El primero en protestar fué el papá de Apolinario Sosa:

- ¡Yo no brindo nada. Acá el único mejor es mi chico, el Apolinario!

Ahí nomás se adelantó colorado de rabia el padre de Juanita Chuspas para retrucar:

- ¡Qué están diciendo pues! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita.

Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras.

A punto de que don Sixto Pillén agarrara de las trenzas a Doña Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, pudo oírse la voz firme de la Srta. Virtudes Choique:

- ¡Párense...! ¡Cuidado con lo que están por hacer...! ¡Esto es una fiesta!

La gente bajó las manos y se quedó quieta. Todos miraban fiero a la maestra. Por fin uno dijo:

- Maestra: Usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo.

Entonces sucedió algo notable: Virtudes Choique empezó a reírse loca de contenta. Por fin dijo:

- Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar. Escuchen bien y abran las orejas. Pero abran también el corazón porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme.

Todos fueron tomando asiento. Entonces la señorita habló así:

- Yo no he mentido. He dicho la verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo la verdad:
Cuando digo que Melchor Guaré es el mejor, no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, ¡ pero es el mejor arquero de la escuela cuando jugamos fútbol...!
Cuando dijo que Juanita Chuspas es la mejor no miento. Porque si bien anda floja en Historia, ¡ es la más cariñosa de todas...!
Y cuando dijo que Apolinario Sosa es mi mejor alumno tampoco miento. Y Dios es testigo que, aunque es desprolijo, ¡ es el más dispuesto a ayudar en lo que sea...!
Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en Matemáticas...  ¡pero me callo si no es servicial!
Y aquel otro, es el más prolijo. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros.
Y aquella otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas.
Y aquel, que es poco hábil jugando a la pelota, ¡es mi mejor alumno en Dibujo!
Y aquella es mi peor alumna en Ortografía, ¡pero es la mejor de todas a la hora de trabajo manual!
¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con esos chicos. Pues entonces. ¿Con qué levantaré la Patria? ¿Con lo mejor o con lo peor?

Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban mas bien serios. Los hijos sonreían contentos. Poco a poco cada uno fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor.

Cuenta la historia que el boticario rompió el largo silencio. Dijo:

- ¡A comer...! ¡La carne ya está a punto y el festejo hay que multiplicarlo por cincuenta y seis...!

Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron a la taba. Al truco. A la escoba de quince. Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.
                                      FIN


💥 Ilustrador Nerina Canzi
✍Carlos Joaquín Durán
Maestro, profesor en letras y escritor. Tiene publicados mas de 60 obras, destacándose sobre todo sus poesías y sus cuentos. Ha obtenido numerosos premios. Nació en Buenos Aires en 1936. Casado, tiene 3 hijos. Este cuento pertenece al libro "Cuentos para curar el empacho", Editora Patria Grande. Buenos Aires, 1986.

jueves, 10 de septiembre de 2020

CUENTO: "EL TIGRE GENTE" DE ANA MARÍA SHÚA



Lo que les voy a contar sucedió realmente, y no me importa si me creen o no.

¿Ven? Ya empecé con una mentira. Cómo no me va a importar. Quiero que me crean. Para eso cuento. Aunque cuando termine se rían un poco y piensen que traté de engañarlos desde el principio, quiero que me crean por lo menos mientras están acá, en mi historia: mientras estoy contando.

Ahora pienso que era un chico cuando esto sucedió. Pero eso lo pienso ahora, desde la distancia, viendo a mis hijos de esa edad. En ese momento me sentía grande y me parecía ridículo que me obligaran a llevar pantalones cortos, como se usaba entonces.

Las discusiones entre mis padres me hacían sentir más grande todavía. Papá se iba dando un portazo. Mamá se quedaba muy pálida, sin llorar, y prendía un cigarrillo. No me molestaba que fumara en casa. En cambio me daba vergüenza que prendiera un cigarrillo en la calle, o en un restorán, sobre todo cuando papá no estaba presente. Me parecía que todos nos miraban.

La que sí lloraba era mi hermanita. Yo la consolaba tratando de convencerla de que nuestros padres no habían tenido una pelea sino un "intercambio de opiniones", como decían ellos. Nos daba mucho miedo la idea de que se separaran. Cuando yo era chico los divorcios eran raros. En la escuela había una sola nena que tenía padres separados y todos hablaban del tema en susurros, como si fuera huérfana o algo peor todavía, porque nadie se muere a propósito y en cambio sus padres se habían separado porque querían.

Vivíamos en una casa de Caballito, frente al Parque Rivadavia (los mayores le decían Plaza Lezica). Papá me había enseñado a molestar a la gente que caminaba por la plaza haciendo reflejos de sol con un espejo desde la terraza.

Por esa época entró Luisa a trabajar a casa. Era una chica santiagueña unos años mayor que yo, morochita, muy flaquita, con el pelo largo, negro, lacio, los dientes marrones y unos ojos salidos como de pescado o de lechuza. Usaba una bolsita de cuero siempre colgando del cuello. Mamá decía que adentro debía tener alcanfor (aunque no se olía): mucha gente creía que el alcanfor protegía de las enfermedades.

Pronto descubrimos que Luisa les tenía miedo a los sapos. Pronto descubrimos que no era solamente miedo: era terror pánico y una irremediable sensación de asco.

Cuando papá no venía a la hora de la comida (últimamente venía poco), Luisa se sentaba a la mesa con nosotros. No sabíamos qué le hubiera pasado si se le acercaba un sapo vivo de verdad, pero bastaba que se mencionara en la mesa la palabra "sapo" para que ella tuviera que encerrarse en el baño a vomitar.

—Es una fobia —decía una amiga de mamá, que estudiaba psicología, una carrera rara y nueva que habían empezado a enseñar en la universidad.

Con ponerle nombre no adelantábamos mucho. El que sí adelantaba era yo, que iba descubriendo cada día nuevas y más sutiles formas de atormentar a Luisa. Me daba mucha risa que una santiagueña le tuviera miedo a los sapos. Hacía distintos experimentos mostrándole de repente una foto de un sapo en el Tesoro de la Juventud, un dibujo de un sapo en la revista Billiken. Hasta llegué a comprar un sapo de goma en una casa de chascos y lo dejaba a propósito en el bolsillo cuando dejaba la camisa para lavar.

Luisa me odiaba. Se vengaba haciendo zapallitos rellenos dos veces por semana, escondiéndome el álbum de estampillas y la carpeta de recortes, cambiando las cosas de lugar cuando arreglaba mi pieza, corriéndome apenas el botón de arriba de la camisa para que me apretara el cuello y, en fin, de todas las maneras posibles, que eran muchas, porque mamá trabajaba afuera (tenía una boutique en la galería) y ella se ocupaba de todo en la casa.

Nunca me quejé a mis padres. Tampoco ella me denunció por la historia de los sapos. Esta era una guerra estrictamente privada en la que nadie más tenía que intervenir. En cambio mi hermanita Susi adoraba a Luisa, que la cuidaba y la mimaba con auténtico cariño. La chiquita se enojaba mucho conmigo por molestarla a su amiga y eso me divertía todavía más.

Uno de mis entretenimientos era recortar noticias raras del diario y pegarlas en una carpeta. Me acuerdo de la primera noticia que recorté en el diario sobre el puma suelto en Caballito. Era una de esas típicas notitas de la segunda página de La Razón que venían con un signo de admiración y uno de interrogación como título y que nadie se creía del todo. Se hablaba de que una anciana había denunciado la presencia de un puma suelto en el Parque Chacabuco. Como ningún puma se había escapado del zoológico, el diario se preguntaba si era posible que un puma se hubiera adentrado de tal modo en la ciudad sin que nadie se diera cuenta hasta entonces.

En los días que siguieron descubrí que la historia del puma seguía adelante. Eran siempre notitas muy cortas, a las que evidentemente no se les daba importancia más que como curiosidad. Un hombre decía que mientras paseaba de noche con su perro, un puma se les había cruzado y los animales habían entablado feroz combate. Un carnicero aseguraba que era un puma el animal que le había robado media res de ternera. Nunca había suficientes testigos. En el diario que papá leía a la mañana, que era más serio, las noticias del puma ni siquiera se mencionaban.

Empecé a interesarme por las costumbres de los pumas. Un día le pregunté a Luisa si había pumas en Santiago y puso cara de no entender.

—Pero sí tiene que haber —le dije—. Mirá aquí el mapa con la distribución de la fauna —y le mostré un mapa de mi manual de geografía donde se veía el dibujito de un puma que se repetía en casi todas las provincias.

—¡Qué me decís puma!, ¿si no ves que es tigre? —dijo Luisa, reconociendo el dibujo—. Tigre sí que hay por allí, en el estero hay.

—¿Y tigres sin cola? —le pregunté, acordándome de que eso me había llamado la atención en una de las noticias: el dueño del perro decía que su animal se había peleado contra un puma sin cola.

—Tigre sin cola no es tigre de verdad: es tigre gente —dijo Luisa. Y ya no quiso hablar más del tema.

Esa noche mis padres se fueron al cine. Como era viernes a la noche, se quedó a dormir en casa Miguel Ángel, un compañero del colegio. Le mostré mi carpeta de recortes y se interesó mucho en el puma. Pensamos que quizás se le había escapado a su dueño, alguien que podría haberlo traído del campo para tenerlo en la casa como mascota, o algo así. Mientras hablábamos me di cuenta de que Luisa estaba escuchando a escondidas. No era la primera vez. Me dio mucha rabia. Abrí de golpe: como estaba apoyada en la puerta, estuvo a punto de caerse.

—Lechuzona, espiona, cara de sapo —le grité. Y como me di cuenta de que nada era más efectivo, seguí insistiendo. —Cara de sapo, cara de sapo, ojos saltones, cara de sapo sapo sapo sapo sapo sapo...

Luisa se fue corriendo y llorando a encerrase en su pieza. Pronto se escucharon los pasitos de mi hermana yendo para ese lado. Susi siempre se asustaba de noche, las sombras le parecían monstruos, los bultos de ropa podían ser animales feroces, tenía miedo de los ladrones y de los vampiros al mismo tiempo. Por eso, cuando salían mis padres, se metía en la pieza de Luisa para tener compañía. Escuchaban juntas la radio, sobre todo a un cantante santiagueño que me parecía espantoso (a mí solamente me interesaban los Beatles) y que se llamaba Leo Dan.

El sábado a la mañana lo invité a Miguel Ángel, que era de otro barrio, a recorrer el Parque Rivadavia. Quería mostrarle todo: el colchón de hojas de otoño que se formaba cerca del monumento a Bolívar, el anfiteatro verde donde tocaba los domingos la banda Municipal y desde donde se podían espiar y molestar, por los agujeros entre las tablas, a las parejas que se besaban en los bancos de atrás. También las distintas clases de trompitos de eucaliptos. Los más finitos, del árbol de adelante, sobre la calle Rosario, y los gordos, los mejores de todos, que eran los más difíciles de conseguir porque había que meterse en el patio de la casilla del guardián.

Pero el Parque, que era como mi casa, estaba raro esa mañana. Lo llevé a Miguel Ángel al estanque para divertirnos tirándoles piedras a los patos. Y los patos no estaban más. Había un montón de plumas tiradas por todos lados y algunas manchas de sangre sobre las piedras. En la casilla del guardián vimos gente amontonada. Nos acercamos abriéndonos paso. El guardián gordo estaba tirado en el suelo, rígido y temblando al mismo tiempo, con la cara azulada. Una baba espumosa le salía de los labios. Un compañero trataba de meterle algo en la boca. El caído tenía unos raros arañazos en la cara. No nos gustaba lo que estábamos viendo, pero tampoco podíamos sacarle los ojos de encima.

—Es un ataque de epilepsia —nos dijo alguien.

—¿Y los arañazos? —pregunté.

—Siempre se lastiman cuando se ponen así —me contestaron.

También pregunté, a nadie en especial, si se sabía lo que había pasado con los patos del estanque. Una de esas señoras que parece estar enterada de todo me explicó que un grupo de vagabundos les habían retorcido el cuello para comérselos al asador. Eso era lo que se suponía, porque en realidad nadie los había visto.

En los días que siguieron hubo varios robos en la zona, incluso un asalto a mano armada. El portero de casa comentó que a los patos no le habían retorcido el cuello sino que los habían matado los ladrones a balazos para practicar puntería.

—¡Qué vergüenza! —decía mi papá—. ¡Teniendo la Escuela de Policía a dos cuadras!

Yo seguía, como siempre, planeando maldades contra Luisa. Conseguir un sapo vivo verdadero en plena ciudad no era fácil. Pero cuando el colegio nos llevó en excursión al Museo de Ciencias Naturales, aproveché para comprar a la salida un hermoso sapo embalsamado.

El jueves a la tarde, el día de salida de Luisa, entré en su pieza para meterle el sapo en algún lugar estratégico. Cuando abrí el cajón de la mesita de luz, encontré mi carpeta de recortes y un montón de plumas de pato. Me resultó tan inesperado que me guardé el sapo y salí casi corriendo. Mi hermanita estaba tomando la leche en la cocina.

—Susana... ¿vos sabías que Luisa tenía plumas en su pieza?

—¡Claro, si me está haciendo un abanico!

Por primera vez tuve una sensación de sospecha. Mientras tanto Miguel Ángel, que seguía muy interesado en el misterio del puma, estaba haciendo algunas averiguaciones sobre el "tigre gente".

—Las personas que se convierten en tigre llevan siempre encima un pedacito de piel de animal, un cuerito. Cuando quieren, lo ponen en el suelo, se revuelcan encima y ya salen hechos tigre.

Mi hermana era la única que podía tener alguna información al respecto.

—Susita... ¿Vos viste alguna vez lo que lleva Luisa en la bolsita que le cuelga del cuello?

—Es un secreto.

—Si me decís, te regalo cuatro estampillas con mariposas. Y si no me decís... ya sabés.

"Ya sabés" era la frase que yo usaba para referirme al castigo máximo: la tenía amenazada con ensuciarle la cara con lápiz-tinta al Muñeco de Ojos Lindos.

—Cuatro estampillas con mariposas y cuatro con animales de Australia —dijo Susana, que era buena negociante.

Así fue como me enteré qué era lo que Luisa llevaba en la famosa bolsita: un trozo de piel de animal, de color marrón clarito. Ella le había contado a Susana que el cuero era de un gatito rubio que había tenido y que se lo mataron los perros, allá en Santiago. Susana me contó haciéndose la misteriosa que el pedacito de piel parecía un animalito vivo, que cuando Luisa se lo ponía en la palma de la mano y lo acariciaba, se movía de verdad. ¡La muy tarada era capaz de creerse cualquier cosa!

Esa noche quise ir a ver si Luisa estaba durmiendo en su pieza y no sé si me sorprendí o encontré lo que esperaba cuando ví la cama vacía. Lo que sí me sorprendió fue la forma en que mi mamá, que había venido despacito detrás mío, me agarró de la oreja.

—¡¿Qué estás haciendo acá?! —me gritó, mucho más fuerte de lo que hacía falta.

—¡Luisa no está, mamá! ¡Mirá! ¡Se escapa de noche!

—Pero sí, hijo, qué novedad. Pobre chica, encerrada toda la semana como un pájaro en una jaula. Se escapa para encontrarse con el novio. Lo mismo me podría pedir permiso. Mientras se levante temprano, a mí qué me importa.

Empecé a mirar a Luisa con más respeto. Por las dudas, guardé bien escondido mi sapo embalsamado. Un día junté coraje y le dije, como hablando en broma, que estaba buscando quién me enseñara a convertirme en tigre gente.

—Si no necesitás magia para eso —me dijo riéndose, mostrando esos dientes marrones, arruinados por el agua mala, con arsénico, de Santiago. —Vas a ser buen mozo y con plata: ya con eso alcanza para ser tigre.

Me gustó que me dijera buen mozo, aunque fuera hablando en futuro. Y me sentí un chiquilín por haber pensado en esas tonterías. Desde entonces ya no me parecía tan fea Luisa, me gustaba su pelo tan liso, tan espeso; hasta me olvidé de sus ojos saltones.

Sin embargo, esa semana hubo una noche en que hubiera querido volver a ser un bebé para no enterarme de lo que estaba pasando entre mis padres. Esta vez la que se fue dando un portazo fue mamá. Papá caminaba por el living a grandes pasos y parecía de verdad un tigre en el zoológico, un tigre un poco pelado y gordo pero de muy mal humor. A las 11 de la noche mamá no había vuelto. Papá había hecho varias llamadas por teléfono, no sabíamos bien a quién porque no nos atrevíamos a dirigirle la palabra. Finalmente se puso un impermeable, aunque no llovía y salió de golpe. Enseguida volvió a entrar y nos miró por primera vez, como si acabara de recordarnos. Por la forma en que nos acarició la cabeza, debíamos tener cara de asustados.

—No se preocupen —nos dijo—. Vuelvo con mamá y les prometo que voy a hacer todo lo que haga falta para que no se nos escape nunca más. A dormir que mañana hay clase.

A dormir. Es fácil decirlo. Pero quién iba a poder dormir esa noche. A las doce se escucharon ruidos de llaves en la puerta y Susi corrió a abrir gritando "mamá".

Los hombres eran tres. No puedo decir qué tenían puesto, ni siquiera se lo pude decir una hora después a la policía. Estaban bien vestidos, eso sí lo recuerdo bien porque me llamó la atención. No se parecían nada a los ladrones de las historietas, que usan ropa de ladrones. El que estaba armado era uno solo. La empujaron a Susi para adentro, se metieron y cerraron la puerta.

—Quién más hay en la casa —dijo uno. Y no terminé de entenderle porque otro me estaba hablando al mismo tiempo.

—Hacé callar a tu hermana o te la callo de un golpe.

Abracé a Susi y le puse la mano en la boca. Parecía que nunca iba a poder dejar de gritar, pero sin embargo se quedó callada enseguida. En eso apareció Luisa. Otro de los tipos la había ido a buscar a su pieza y la traía de un brazo. Parecía muy tranquila.

Los hombres, en cambio, estaban nerviosos y apurados. Tenían las caras tapadas con bufandas. Dos se fueron para el dormitorio de mis padres. Por el ruido parecía que estuvieran destruyendo todo. Tiraban al suelo los cajones, los frasquitos del tocador de mamá, los veladores. El que tenía el arma me arrebató a Susi y la alzó con un brazo. Amenazando a la chiquita, que ya no se atrevía a gritar, nos preguntó dónde estaban la plata y las joyas. Las de oro.

—A la nena, le va a convenir soltarla —dijo Luisa.

—¿Porque me lo decís vos, cara de sapo? —contestó el tipo.

—Porque se le está haciendo encima de la ropa: del susto nomás —le explicó Luisa.

El hombre nos sacó la vista de encima para tantearse la ropa. De verdad que ya tenía un manchón húmedo en el traje. La soltó a Susi tan de repente que la pobrecita dio contra el suelo.

Entonces, dando un salto que nunca hubiera esperado en ella, siempre tan lenta, Luisa se nos puso delante, entre el Susi y el tipo, protegiéndola con su cuerpo.

—¡A la pieza! ¡Con llave! —gritó.

Corrimos a mi pieza por el pasillo. Yo la arrastraba a la chiquita y aunque el trayecto no tenía más que unos pasos me pareció que corríamos y corríamos infinitamente. Al entrar choqué contra el marco de la puerta, pero de eso me iba a dar cuenta mucho después, por el chichón en la frente. En ese momento no sentí nada. Con llave, había dicho Luisa, pero se olvidó que mamá no me dejaba tener llave en el dormitorio. Cerré la puerta y empujé la cama contra ella, puse sobre la cama la mesita de luz y arrimé mi escritorio.

Mientras yo armaba la trinchera y Susi lloraba sin parar, desde el living venían sonidos asombrosos, terribles. Primero, cuando todavía corríamos por el pasillo, sonó un tiro. Pero después escuchamos una especie de gruñido sordo, que duró unos segundos y se convirtió en el bramido de un animal.

Lo que siguió fue una confusión de gritos y rugidos. Los gritos de los hombres eran desesperados. Estábamos aterrorizados. Curiosamente, con el primer rugido, Susi se tranquilizó y cuando me abracé a ella fue la chiquita la que me alivió el terror con sus caricias. Les aseguro que yo no sabía bien quién quería que ganara. Busqué mi sapo embalsamado y lo tuve apretado fuerte en la mano, como si pudiera protegerme de algo desconocido.

Al rato todo quedó en silencio, pero ya no nos animábamos a salir. Cuando quise correr otra vez el escritorio y la cama, me di cuenta de que no podía. Yo mismo no sé cómo hice para ponerlos allí. El miedo me había dado fuerzas que normalmente no tenía. Pronto escuchamos las voces asustadas de mamá y papá llamándonos. Contesté que estábamos bien. Con papá empujando la puerta mientras yo tiraba de los muebles del otro lado, logramos abrir un huequito para salir. Mamá estaba llamando a la ambulancia. Luisa estaba desmayada en el suelo en un charco de sangre.

Sin embargo, como supimos después, la bala apenas le había rozado el hombro. En el hospital la tuvieron un día en observación y después la dejaron volver a casa.

Los ladrones no llegaron muy lejos. La policía los detuvo en un allanamiento un par de días después, en un departamentito donde encontraron también buena parte de los objetos que había robado la banda. Los tres estaban en muy malas condiciones y contaron una historia ridícula acerca de un tigre que nadie les creyó.

—Imagínese, tres tipos grandotes con un arma. Les da vergüenza que la flaquita esa que tienen en su casa haya podido con ellos. Mándele mis felicitaciones —le dijo el comisario a papá.

Luisa los tuvo que ir a reconocer. Yo me salvé por ser menor. Dice papá que los tipos estaban todos arañados y lastimados, sobre todo el que Luisa reconoció como el que tenía el revólver.

—Ese es el que me dijo cara de ya-sabe-qué —comentó Luisa, que nunca pronunciaba la palabra sapo.

En cuanto se curó la herida del hombro, habló con mamá y le dijo que no podía seguir con nosotros. Al novio le había salido un trabajo en un pueblo de la provincia y se quería ir con él.

Mamá y papá se separaron y se volvieron a juntar dos veces. Hoy son una de esas parejas de viejitos que parecen haber nacido para pelearse y quererse al mismo tiempo. Pero en alguno de tantos problemas económicos que hubo en el país, mi padre tuvo que liquidar la fábrica.

Y fue por eso que, a pesar de los buenos deseos de Luisa, nunca llegué a tener tanta plata como para convertirme en tigre.

Sobre el tigre gente

Lo llaman también el capiango. El tigre negro. El tigre uturunco. El runa uturunco. Y eso es, nomás: un tigre gente.

Tigre, pero sin rayas. Porque así se le llama a los pumas en los lugares donde de verdad hay pumas.

Uturunco es la palabra quichua para puma. O tigre. En Tucumán se lo encuentra, y en Santiago. En Mendoza, San Luis, Catamarca, San Juan.

En el Chaco, Misiones, y Entre Ríos, tierra de guaraníes, hay uno parecido: el yaguareté-abá. El indio tigre, el indio jaguar, le dicen.

Y será por falta de trabajo allá en el campo, que se ha venido el tigre gente a buscar conchabo en la ciudad.

No podría esconderse en el zoológico, porque es fácil reconocerlo: el tigre gente no tiene cola.

Y es más feroz que un puma común.

Pero no ataca a la gente: nomás le gusta asustarla.

No sufre, como el pobre lobisón, transformaciones indeseadas. Al contrario. Lleva siempre encima un cuerito mágico, un pedacito de piel de puma que es su talismán.

Cuando quiere convertirse en tigre, lo pone en el suelo y se revuelca encima, primero sobre la mano izquierda, después sobre la derecha.

Ese cuerito es algo vivo. Da brincos y si lo toca un extraño, trata de escapar.

Asustar a los que se hacen los valentones es su diversión preferida. Imagínense a un hombre o una mujer cualquiera, gente por lo general callada y tímida, de la que se burlan los demás: como Clark Kent, exactamente así es el tigre gente.

Pero no siempre es como Súperman. No es de Kripton: es mucho más humano. Alguna vez puede hacer alguna buena acción por los demás. Pero generalmente se da el gusto, siendo tigre, de hacer quedar en ridículo a los que lo molestaron siendo persona.

A la hora de comer, elige a los mejores potrillos, a los más carnudos, gordos y tiernos, con hambre de puma y con inteligencia humana.

Tiene que cuidarse siendo tigre de los tigres o tigras verdaderos. Porque los animales lo reconocen. Y también porque si se llega a enamorar, estando transformado, de un bicho de verdad, nunca más va a poder volver a ser persona.

Tiene que cuidarse siendo hombre de emborracharse demasiado: no vaya a vomitar algo que comió siendo tigre y que los otros puedan reconocer, que así hubo casos.

La lluvia los delata siendo tigres. La lluvia da nostalgia, trae recuerdos, hace hablar de más.

Si te encontrás en un día de lluvia con un puma pensativo, y al acercarte te comenta "Pero mirá qué lindo llueve", no te quepa duda: es un tigre gente.

Te conviene hacerte amigo.


FUENTE:https://bpcd-shua.blogspot.com/p/el-tigre-gente-cuento-extraido-con.html